Lo superfluo y lo esencial

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Lo superfluo y lo esencial

lo escencial y lo superfluo

Los tiempos de crisis son buenos para hacer un alto en el camino y analizar la manera en la que las nuevas circunstancias afectarán nuestra forma habitual de proceder. Mal haríamos si después de esta crisis tan relevante no fuéramos capaces de aprender de ello y prepararnos para cuando esto termine. Hay vida después del #COVID-19, se trata solamente un paréntesis y debemos estar listos para cuando acabe. Para lograrlo debemos volver a lo esencial, a lo verdaderamente relevante.

La pandemia del Coronavirus provocará una recesión económica de gran calado, muchas empresas cerrarán, miles de empleos se perderán, los equilibrios económicos se romperán y también algunos paradigmas bajo los cuáles operamos terminarán por caer. Todo va a cambiar y necesitamos replantear nuestras organizaciones y sus modelos de negocio porque es muy probable que hayan cambiado las bases sobre las cuáles los construimos.

Hoy más que nunca convendrá reflexionar sobre lo que genera valor en nuestra organización, es un tiempo para diluir las burocracias a que a todos nos atrapan de alguna u otra forma; las inercias que heredamos de los éxitos pasados y que con el tiempo se van volviendo costumbres que facilitan la comodidad de las personas, pero no la generación de valor.

La inercia suele atraparnos, porque es más fácil repetir que pensar, más si creemos firmemente que la repetición de lo que nos ha funcionado en el pasado es buena para asegurarnos de la calidad o de la experiencia del cliente al que lo tenemos acostumbrado. Sin embargo, ese buen funcionamiento requiere ajustes, requiere rediseño periódico, requiere observar si se mantiene vigente en la generación de valor para el cliente y para nuestra organización. Desafortunadamente, las personas solemos poner nuestro beneficio personal por encima de todo y tendemos a confundir lo correcto con lo que nos conviene y también solemos pensar primero en nosotros y dejar al cliente en un segundo lugar.

Esas inercias terminan por engordar el gasto operativo en lugar de generar valor; terminan por esconder costumbres en las que las personas van acomodando su comodidad. Nos cuesta mucho cambiar, y las organizaciones están más preparadas para cuidar y mantener lo existente que para cambiar, aún cuando el cambio pueda representar ventajas. El cambio puede paralizar a las personas y a las organizaciones porque rompe con el estatus quo y esa incertidumbre termina por esparcir miedo y sensación de riesgo.

Esta crisis nos provocará un cambio obligado, nos obligará a repensar que procesos y personas son verdaderamente indispensables en la organización y cuáles han dejado de generar valor, cuáles se han convertido en burocracia y cuáles son una herencia del pasado que quiere empujarnos al confort y mantener el status quo.

Volver a las bases, repensar sobre modelos sencillos, huyendo de la complejidad y quedarnos sólo con aquello que verdaderamente es necesario para nuestros clientes y para nuestra organización. Algo que deberíamos hacer de forma periódica y rutinaria se hace hasta que llega un actor externo a destruirlo todo.

No es nada fácil buscar la sencillez, incluso si esta reflexión se hace desde un ambiente de confort y lejos de una crisis inminente, lo más seguro es que termine en una mayor complejidad o en un análisis irrelevante donde las personas buscan más proteger sus posiciones que repensar desde la generación de valor.

Un tema que especialmente necesita reflexión es nuestro modelo de trabajo, ya que seguramente se esconde dentro de la burocracia que hemos construido, procesos o re-trabajos que no agregan ningún valor, que son más bien fruto de la inercia y que hoy están de más y con un poco de esfuerzo podremos eliminar.

El tiempo exige cambios radicales, no sólo para enfrentar la cuarentena del guardarse en casa de forma obligada, sino replantear cómo será el futuro. Lejos de sumergirnos en el miedo de perder lo que tanto trabajo nos ha costado ganar, convendrá tener la mente clara y los ojos limpios para poner en blanco y negro nuestra situación con preguntas muy concretas:

  1. ¿Cómo será mi facturación en abril 2020 bajo mi modelo de negocio actual?
  2. ¿Qué parte de mi negocio sobrevivirá? ¿Cuál requerirá re-inventarse?
  3. ¿Cuántos clientes sobrevivirán a la crisis y cuántos morirán o cambiarán radicalmente la situación de tal forma que se verá afectado nuestro volumen de negocio?
  4. ¿Cambiará la forma en la que nos relacionamos, podremos migrar a un modelo donde una parte o el proceso esta automatizado o sea posible digitalizarlo?
  5. ¿Cambiará la forma en la que entregamos nuestros productos y servicios? ¿Será posible digitalizar una parte del proceso?
  6. ¿Esta crisis es una oportunidad para profundizar en procesos de transformación digital?
  7. ¿El teletrabajo es una opción viable para una parte de mis procesos y estructuras?
  8. ¿Tengo un modelo de trabajo que permita trabajar a distancia a una parte del equipo?
  9. ¿Todo mi equipo me acompañará en el siguiente ciclo o no? ¿Todo mi equipo aceptará la nueva situación y serán solidarios con el equipo y la organización o no?
  10. ¿Qué cambios fuertes habrá en mi estructura de costos?

En otras palabras, necesitamos hacer un análisis profundo para definir cuáles serán los cambios que nuestro modelo de negocio necesita. Necesitaremos profundizar en lo que es verdaderamente esencial y lo que es superfluo. Es una reflexión necesaria para reinventarnos, la circunstancia lo obliga, y si no lo haces de forma voluntaria lo terminarás haciendo por voluntad o por obligación.

Volver a lo esencial, será la única forma de salir bien librado de la crisis que se avecina.

 

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